La tradición

Leer el rostro: la fisiognomía y los cuatro temperamentos

6 de junio de 2026 · 4 min de lectura

Retrato grabado del siglo XVIII de Paracelso, con la mano en el pomo de la espada, enmarcado en una cartela oval de laurel.
Retrato grabado del siglo XVIII de Paracelso, con la mano en el pomo de la espada, enmarcado en una cartela oval de laurel.

El color, el calor, el pelo, la carne, el pulso, la mirada. Hubo un tiempo en que el médico leía la mezcla directamente en el cuerpo, y ese atajo va de Galeno a los grabados de della Porta y al criminal nato de Lombroso.

En 1586 un impresor de Nápoles puso en la misma página la cabeza de un hombre junto a la cabeza de un buey. La misma mandíbula pesada. El mismo ojo ancho y lento. El libro era De humana physiognomonia, de Giambattista della Porta, y la imagen no argumenta nada. Enseña la pareja y espera. El resto lo ponía el lector: paciente, obtuso, difícil de encolerizar, difícil de enseñar. Es cómodo archivar esa página en el cajón de la superstición, pero en 1586 aquello era medicina.

Complexión quería decir la mezcla misma

La palabra lo delata. Complexión viene del latín complexio, un trenzado, y traducía el griego krasis, la mezcla de lo caliente, lo frío, lo húmedo y lo seco en un cuerpo vivo. Cuando un médico de Padua decía que un hombre tenía una complexión caliente y seca no hablaba de sus mejillas. Nombraba la proporción de debajo. Que esa proporción asomara también en las mejillas era justo lo aprovechable.

Galeno había sostenido, en un tratado breve y muy discutido, que las facultades del alma siguen a las mezclas del cuerpo. La mezcla gobierna la mente, y la mezcla se ve en la carne. Todo lo que la fisiognomía prometió alguna vez cabe en esa frase. Quita cualquiera de las dos mitades y el edificio se cae. El argumento atraviesa a Hipócrates y Galeno.

Los signos junto a la cama del enfermo

Avicena, en el primer libro del Canon de medicina, da diez apartados para juzgar una mezcla, ninguno místico, todos ellos cosas que un médico sin instrumentos puede observar.

  • El color. Lo rojizo se leía como sangre, lo amarillento como bilis amarilla, lo cetrino como bilis negra, una blancura floja como flema.
  • El calor. La mano puesta sobre el pecho: caliente y húmedo el sanguíneo, caliente y seco el colérico, frío y seco el melancólico, frío y húmedo el flemático.
  • La carne. Llena y firme, o enjuta y dura, o blanda y suelta bajo el pulgar.
  • El pelo. El pelo espeso, oscuro y de entradas tempranas se tomaba por calor; el pelo fino y ralo, por frío.
  • El pulso. Rápido y fuerte cuando hay calor, lento y blando cuando hay frío.
  • El ojo. Vivo y movedizo, o fijo y ardiente, o bajo, o pesado y húmedo.

Ningún signo por sí solo zanjaba nada. Avicena insiste en que se pesan juntos, y frente a la edad, el país, la estación y las costumbres del enfermo. Leído así se parece más a lo que los médicos hacían de verdad a pie de cama que a la adivinación. Un atajo, y los atajos son lo que le queda a un médico sin laboratorio.

Del buey a la silueta

La comparación con el animal es mucho más antigua que della Porta. La Physiognomica pseudoaristotélica, un texto griego salido de la escuela peripatética, ya propone el parecido con una especie como manera de leer a un hombre: el león para el valor, el buey para la lentitud, el ciervo para el miedo. También generaliza sobre naciones enteras, lo que anuncia por dónde iba a venir el problema. La aportación de della Porta fue el grabado. Dibujado en vez de descrito, el parecido dejó de ser una afirmación examinable y pasó a ser algo que uno sencillamente veía. Fíjese en lo que había desaparecido. Los humores se habían escurrido. Lo que empezó siendo una afirmación sobre una proporción oculta era ya una afirmación sobre un parecido, y la vieja lógica de las correspondencias que se expone en el cuerpo como un universo pequeño trabajaba sola.

Dos siglos después, un pastor de Zúrich lo convirtió en moda. Johann Caspar Lavater publicó sus Physiognomische Fragmente en cuatro volúmenes entre 1775 y 1778. El joven Goethe colaboró en la obra y más tarde tomó distancia. Lavater adoraba la silueta, calcada de una sombra sobre el papel, porque no dejaba más que el contorno, y el contorno le parecía carácter asentado, no humor pasajero. Lichtenberg, en Gotinga, publicó en 1778 una sátira dura contra el negocio y nadie le hizo caso.

Compases, criminales y el peor capítulo

Luego se pudrió. Petrus Camper midió el ángulo facial. Franz Joseph Gall repartió las facultades mentales por los bultos del cráneo. Samuel George Morton llenó cráneos de semillas y perdigones y publicó Crania Americana en 1839. En 1876 Cesare Lombroso sacó L'uomo delinquente y le entregó a Europa el criminal nato, marcado desde el nacimiento por una mandíbula, una ceja, una oreja, un atavismo que se podía detener con solo mirarlo. De ahí la línea va derecha a la ciencia racial.

El marco humoral hacía tiempo que no estaba. Ya nadie medía bilis, pero se había heredado entera la costumbre: que un rostro es una prueba, y que quien lo lee es un instrumento neutral.

El rostro nunca confesó nada. Solo devolvía lo que el lector traía consigo.

Seguimos leyendo caras y seguimos equivocándonos

La gente juzga la competencia y la fiabilidad de un desconocido a partir de una fotografía en una décima de segundo, los observadores coinciden entre sí de forma llamativa, y esa coincidencia no predice casi nada. Coincidir no es acertar. Solo significa que compartimos los mismos prejuicios. Y todavía hay investigadores que alimentan algoritmos con fotos de presos y anuncian que la criminalidad se ve, que es Lombroso con mejor maquinaria.

La posición honesta es estrecha. Las caras llevan salud, edad, cansancio y humor, y eso lo leemos pasablemente. No llevan carácter, y ahí seguimos siendo tan malos como Lavater, y por eso cualquier explicación seria del temperamento frente a los sistemas modernos de personalidad empieza por preguntarle a la persona en vez de mirarla. Hasta el test de esta casa no es más que un conjunto de preguntas. Preguntar es la corrección que siglos de mirar nunca encontraron.

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