Cómo los médicos leían antes tu temperamento

Un médico medieval sostenía un vaso de orina a contraluz, tanteaba el carácter de un pulso y leía tu complexión y tus hábitos, todo para adivinar el equilibrio de los humores. Así funcionaba aquel arte, y así lo hereda en silencio un test moderno.
Un médico con una larga túnica levanta un frasco de vidrio hacia la ventana y lo gira despacio, observando cómo la luz atraviesa el líquido de dentro. El frasco contiene orina, seguramente de otra persona, traída esa mañana desde el otro extremo de la ciudad por un criado que llevaba el recipiente envuelto en una funda de mimbre acolchada. El médico estudia el color, la leve nube del fondo, el anillo de la superficie. No ha examinado al paciente. Puede que nunca lo conozca. Y aun así, solo con este vaso, cree que puede nombrar lo que le pasa.
Aquel frasco, llamado matula, estaba tan ligado al oficio que los pintores lo usaban como usaban una corona para un rey. Bastaba poner un recipiente de vidrio redondeado en la mano de un hombre y cualquiera que lo mirase lo sabía: ahí había un médico.
Leer el frasco
Los médicos guardaban láminas, ruedas de color que iban desde el pajizo pálido hasta el oro y el rojo encendido, y de ahí a un pardo tan hondo que casi era negro. Cada tono tenía al lado un significado. Acuoso y pálido se leía como frío y húmedo, un cuerpo inclinado hacia la flema. Alto y encendido se leía como calor, la marca de la bilis amarilla y de un ardor colérico. Oscuro y pesado podía apuntar a la bilis negra y a un peso melancólico. Sopesaban la claridad, el sedimento que se depositaba, el olor.
La lectura nunca iba en realidad sobre los riñones. Iba sobre el equilibrio de los cuatro humores, todo el clima oculto del cuerpo, una idea que se remonta a donde empezaron los humores con Hipócrates en la isla de Cos, en el siglo quinto antes de nuestra era.
Bajo dos dedos
Luego, el pulso. Galeno, que se formó en Pérgamo y más tarde trabajó en Roma en el siglo segundo de nuestra era, escribió libros enteros sobre él. No se limitaba a contar los latidos. Tanteaba su carácter. El pulso era lleno o fino, rápido o lento, duro o blando, regular o tropezado. Dio nombre a estas cualidades y enseñó a sus alumnos a distinguirlas bajo las yemas de los dedos, una destreza que costaba años aprender.
Un pulso rápido, fuerte y saltón hablaba de calor y de sangre abundante, el lado cálido, sanguíneo y colérico de las cosas. Un pulso lento, blando y perezoso hablaba de frío y de flema. La muñeca se convertía en una pequeña ventana. Bastaba apretar dos dedos ahí, decía la teoría, y podías sentir la mezcla interior anunciándose.
El cuerpo como prueba
Buena parte de todo esto no pedía instrumento alguno. El médico simplemente miraba.
- Una cara colorada y un cuerpo lleno y bien nutrido se leían como sangre, y como una naturaleza alegre y sanguínea.
- Un cuerpo enjuto de piel cetrina u oscura se leía como bilis negra, y como una vena pensativa y melancólica.
- Un cuerpo pálido, blando y que se cansaba pronto se leía como flema, y como un temperamento tranquilo y lento.
- Una persona amarillenta, nervuda y de piel caliente se leía como bilis amarilla, y como una mecha colérica corta.
Anotaban cómo dormías y cómo despertabas, si eras caluroso o friolero, qué buscabas en la mesa, con qué rapidez te ruborizabas o perdías los estribos. Hasta tus sueños contaban como prueba, y Galeno escribió una pequeña obra sobre cómo interpretarlos. Nada era casual. Cada señal exterior era una pista del humor que mandaba dentro, y todo el arte consistía en deducir la mezcla oculta a partir de la superficie.
De las señales a las respuestas
Algo de esto era observación aguda. La piel, la complexión, la energía y el ánimo sí se agrupan de maneras que todavía notamos en la gente que nos rodea. Otra parte estaba sencillamente equivocada, y conviene decirlo sin rodeos. La bilis negra no existe. La orina no revela tu carácter, y ninguna lectura honesta salió jamás de un frasco a solas. Esto es la historia de la medicina, no su ciencia, y quienes la practicaron eran serios y cuidadosos, trabajando con el único mapa que tenían.
Aun así, fíjate en la forma de lo que hacían. Reunían señales exteriores y deducían un patrón interior.
Lee lo de fuera, adivina lo de dentro. Ese era todo el arte.
Un test de temperamento moderno hace el mismo movimiento con otras señales. En lugar de orina y pulso lee tus respuestas, las decisiones que tomas sobre el ruido y la soledad, el riesgo y el ritmo, y a partir de ese conjunto de pistas deduce una tendencia. Cuando haces el test de temperamento, estás entregando pruebas, igual que un paciente entregaba antes aquella cesta. La pretensión es ahora más modesta, y más honesta. Habla de patrones de personalidad, no de fluidos, y de leer y hablar con cada tipo un poco mejor, no de diagnosticar enfermedades.
La matula descansa hoy en los museos. El movimiento que representaba, ir de una señal exterior a un patrón interior, sigue siendo lo que hacemos.
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