Historia

La Anatomía de la Melancolía: las mil páginas de bilis negra de Burton

16 de julio de 2026 · 4 min de lectura

El doctor Panurgus, grabado inglés de 1632, en el que un médico purga a sus pacientes de sus locuras mientras en los estantes del fondo se alinean tarros rotulados Doctrina, Paciencia y Juicio.
El doctor Panurgus, grabado inglés de 1632, en el que un médico purga a sus pacientes de sus locuras mientras en los estantes del fondo se alinean tarros rotulados Doctrina, Paciencia y Juicio.

Robert Burton dedicó treinta años a mil páginas sobre su propia bilis negra, y escribió sin rodeos que escribía de la melancolía manteniéndose ocupado para evitarla. Es el libro más extenso que produjo el sistema humoral.

En la catedral de Christ Church, en Oxford, hay un monumento con el busto pintado de un hombre vestido de académico y un horóscopo tallado encima de su cabeza. El latín de abajo dice que ahí yace Demócrito el Joven, conocido de pocos, desconocido de menos aún, a quien la Melancolía dio la vida y la muerte. El hombre era Robert Burton, bibliotecario de un colegio y clérigo, muerto en enero de 1640. Se suele dar por hecho que el epitafio lo escribió él mismo. Había pasado unos treinta años con un solo libro sobre el humor que, según creía, lo trabajaba por dentro.

El libro que no dejaba de crecer

La Anatomía de la Melancolía se imprimió en Oxford en 1621, firmada como Demócrito el Joven, con una portada que prometía todas sus clases, causas, síntomas, pronósticos y varias curas. Aquella primera edición ya era un cuarto voluminoso de unas novecientas páginas. Burton la amplió en 1624, otra vez en 1628, otra vez en 1632 y otra vez en 1638. Una sexta edición salió en 1651, ya muerto él, compuesta a partir del ejemplar que había seguido anotando hasta el final. Para entonces el asunto rondaba el medio millón de palabras.

En realidad no revisaba. Acumulaba. Entraba todo lo que leía: Galeno y los médicos árabes, Hipócrates, Séneca, los padres de la Iglesia, poetas, viajeros, chismes. El latín aparece sin traducir junto al inglés llano. Las digresiones se tragan capítulos enteros. El libro es una cabeza vaciándose en el papel durante tres décadas y negándose a parar, y esa negativa es justamente el asunto.

Lo que significaba la palabra en 1621

Burton heredó un sistema que ya era antiguo cuando le llegó, y no puso en duda su armazón. La melancolía era bilis negra, fría y seca, el humor de la tierra y del otoño, el que espesaba y se posaba y volvía pesado al hombre. La historia de los cuatro humores había pasado esa idea por manos griegas, romanas, árabes y medievales más o menos intacta, y Burton es su heredero inglés, tardío y descomunal. Tomó de la tradición su definición de trabajo: una especie de chochez sin fiebre, que tiene por compañeros habituales el miedo y la tristeza, sin motivo aparente.

Miedo y tristeza sin causa. Es una buena frase, y todavía se reconoce. Pero fíjese en todo lo demás que tenía que cargar la palabra. Bajo melancolía archiva Burton lo que hoy llamaríamos ansiedad, obsesión, hipocondría, insomnio, mal de amores y desesperación religiosa, y también la inclinación estudiosa y corriente del temperamento melancólico, que la tradición aristotélica llevaba mucho vinculando al talento fuera de lo común. Una sola palabra hacía el trabajo de una enfermedad, un estado de ánimo, un defecto y un don.

Ocupado para evitarla

El prefacio, Demócrito el Joven al Lector, tiene por sí solo un centenar de páginas, y contiene su confesión más citada.

Escribo de la melancolía manteniéndome ocupado para evitar la melancolía.

No le da ninguna vergüenza. Dice que escribe porque, si no, estaría ocioso, y la ociosidad era, según su propio diagnóstico, lo que dejaba que la bilis se posara. La segunda partición expone entonces las curas de la época, todo el aparato habitual de cómo se trataban antes los cuatro humores:

  • corregir el aire, el sueño, la dieta
  • ejercicio, viajes, música, compañía alegre
  • purgas, sangrías y una larga lista de simples
  • estudio, pero no en exceso

Y al final del todo, después de todo, llega el consejo hacia el que en realidad venía escribiendo: no estés solo, no estés ocioso. Mil páginas que son en sí mismas un acto de no estar ocioso, y que cierran con la orden de no estar ocioso. Los lectores posteriores vieron la broma, y vieron también que no lo era. Samuel Johnson, que conocía el terreno, dijo que fue el único libro que lo sacó de la cama dos horas antes de lo que quería levantarse. Keats lo leyó y salió de él con Lamia.

Donde deja de ser un libro de medicina

La tercera partición se ocupa de la melancolía de amor y de la melancolía religiosa, y aquí Burton hace algo que sus fuentes no hicieron. Trata la desesperación, incluida la que llega envuelta en escritura y autoacusación, como una condición que un médico podría razonablemente atender y no solo como un pecado que reprender. Escribe sobre la vergüenza, el desvelo, el pavor al despertar, la incapacidad de decir qué va mal cuando alguien pregunta. No halaga al que sufre y tampoco lo consuela. Le hace compañía.

Cuidado con la palabra depresión

Tienta llamar a la Anatomía el primer libro sobre la depresión, y conviene resistirse un poco a la tentación. Las descripciones se solapan. Las explicaciones no. Burton explica una misma tarde mala por la bilis negra, por los astros, por la carne en mal estado, por el duelo y por el demonio, y no ve conflicto alguno en sostenerlo todo a la vez. Un diagnóstico moderno es un conjunto definido de síntomas durante un tramo definido de tiempo, alcanzado por criterios, y no afirma nada sobre la tierra ni sobre el otoño. Leer uno directamente dentro del otro aplana los dos, más o menos como pasar los viejos temperamentos a los tipos de personalidad modernos pierde aquello para lo que cada cosa se construyó.

Lo que sí pasa de un lado a otro es la atención. Burton miró sin apartar la vista sus peores horas durante treinta años y anotó lo que veía, dentro de un sistema que después se ha desmontado, con palabras que todavía dan en el blanco. El sistema estaba equivocado. La mirada no.

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