Las seis cosas no naturales: el manual de uso de la medicina humoral

Aire, comida, sueño, movimiento, evacuación y las pasiones del ánimo eran las seis cosas que un médico te mandaba vigilar. Formaban el núcleo práctico de la medicina humoral, su plan preventivo de cada día.
En los primeros años del siglo catorce, el médico Arnaldo de Vilanova redactó una serie de instrucciones para Jaime Segundo, rey de Aragón. El rey no estaba enfermo. Lo que Arnaldo compuso fue un regimen sanitatis, un plan para conservar la salud: cómo elegir dónde vivir, cuándo y qué comer, cuánto dormir, cuándo sangrarse y cómo evitar que el mal genio le echara a perder la sangre. Casi todo el libro giraba en torno a seis cosas corrientes.
Esas seis cosas tenían un nombre. Los médicos las llamaban las no naturales, sex res non naturales, y la expresión engaña al oído moderno. No quería decir antinatural. Se refería a los factores que no forman parte de tu constitución fija ni son una enfermedad, sino que se sitúan entre ambas: fuera del cuerpo, presentes cada día y, en buena medida, a tu alcance para cambiarlos.
Lo natural, lo no natural y lo contra natura
Galeno había dividido toda la medicina en tres. Primero venían las cosas naturales, el mobiliario propio del cuerpo: los elementos, los cuatro humores, los órganos y las facultades que los mueven. Al final estaban las cosas contra natura, es decir, la enfermedad y sus causas. Entre unas y otras quedaba una tercera clase, las no naturales: el aire, la comida y la bebida, el sueño y la vigilia, el movimiento y el reposo, la repleción y la evacuación, y los movimientos del ánimo. En el siglo noveno, el traductor Hunayn ibn Ishaq, conocido por los lectores latinos como Johannitius, expuso este esquema con claridad en una breve introducción a Galeno. Cuando las escuelas medievales empezaron a enseñar medicina a partir de un estante fijo de textos, aquel librito figuraba entre los primeros, y así todos los médicos aprendían las mismas seis.
La lógica era preventiva. Tus humores podían perder el equilibrio, pero el empujón casi siempre llegaba por una de estas seis puertas, de modo que un médico dedicaba más tiempo al régimen que a los remedios. La lista se lee menos como una teoría que como un manual de uso para la vida diaria.
El aire y la habitación donde vives
La primera no natural era el aire, y abarcaba mucho más que la respiración. Comprendía el clima, el viento, el emplazamiento de tu casa, incluso el aire de una alcoba de enfermo llena de gente. El viejo tratado hipocrático Aires, aguas, lugares había sostenido que una ciudad expuesta a los cálidos vientos del sur criaba un tipo de cuerpo y un tipo de enfermedad, y una ciudad abierta al aire frío del norte criaba otros. Los médicos que aconsejaban a los ricos les decían hacia dónde debían mirar sus ventanas y cómo sanear una habitación cargada con vinagre o hierbas quemadas. Se pensaba que el aire entraba y alteraba los humores de forma directa, así que el aire que uno respiraba era una decisión médica.
Lo que entra y lo que sale
Dos de las seis regían el tránsito por el cuerpo. La primera era la comida y la bebida. Cada cosa sobre la mesa tenía una naturaleza, cálida o fría, húmeda o seca, y el arte de comer consistía en corregir la propia inclinación con su contrario, un asunto tratado en detalle en La comida y los cuatro humores. La línea entre la cocina y la botica era delgada, pues muchas hierbas no eran sino alimentos más fuertes empleados para gobernar ese mismo equilibrio.
La segunda era la repleción y la evacuación, el llenado y el vaciado del cuerpo. Demasiada sangre, demasiado de cualquier humor, era una carga que había que aligerar. Este es el razonamiento tras la sangría, las purgas, los sudores y el resto de los viejos tratamientos: no ataques contra un germen, sino maneras de restablecer un flujo que se había estancado.
El sueño, el movimiento y las pasiones del ánimo
Las tres últimas quedaban más cerca de casa. El sueño y la vigilia debían medirse, pues se creía que el sueño cocía y asentaba los humores, mientras que dormir de más los embotaba y dormir de menos resecaba el cuerpo. El movimiento y el reposo significaban ejercicio antes de comer para calentar el cuerpo, y luego quietud para dejar que la digestión terminara. La sexta era la más extraña a ojos modernos y la más moderna en sus efectos: las pasiones del ánimo, los accidentes del alma. La ira calentaba la sangre, la tristeza la enfriaba y la resecaba, el miedo la empujaba hacia dentro, la alegría la extendía. El médico trataba el estado de ánimo como una fuerza física, porque en este sistema lo era. El régimen en verso de Salerno ponía todo esto al alcance de cualquiera:
Si te faltan los médicos, que sean tus médicos estas tres cosas: un ánimo alegre, el reposo y una dieta moderada.
Por qué la lista sobrevivió a la teoría
Aquí viene la parte honesta. Quita los humores, los grados de calor y frío, las sangrías marcadas por el calendario, y mira lo que queda. Aire limpio y una casa bien situada. Una dieta sensata. Dormir lo suficiente, pero no de más. Ejercicio y luego reposo. Una evacuación regular. Un ánimo sereno. Eso se parece casi palabra por palabra a lo que un médico te dice hoy, y por eso el marco se sostuvo durante más de mil años después de que la teoría que lo sustentaba empezara a resquebrajarse.
Las no naturales explican también una costumbre que los temperamentos todavía arrastran. Un médico no trataba a todos por igual. Primero leía tu complexión y luego ajustaba las seis a su medida: más comida refrescante para una naturaleza cálida, más reposo para una seca. Tu temperamento era el punto de partida, y el régimen era la respuesta. Esa lectura empezaba con la misma pregunta que el test hace hoy, antes de escribir una sola palabra de consejo sobre el aire, el sueño o la cena.
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