Los temperamentos

Sanguíneo y flemático: dos personas fáciles, una reacciona al instante

Comparten los mismos bordes blandos, y por eso la gente los confunde. Toda la diferencia está en la velocidad: la reacción del sanguíneo ya está en la sala cuando la del flemático todavía no ha salido a la superficie.

Sanguíneo

El cálido y abierto

Cálido y húmedo · Aire · Sangre

sociableoptimistaexpresivoespontáneo

Flemático

El tranquilo y estable

Frío y húmedo · Agua · Flema

tranquilopacienteamableestable

Siéntalos a la misma mesa y durante la primera hora casi nadie sabrá cuál es cuál. Los dos caen bien. Ninguno anda buscando pelea. Los dos dejan hablar al que habla fuerte. Ese parecido no es una imprecisión de la teoría antigua. Es la teoría funcionando. En el esquema clásico estos dos comparten una de sus dos cualidades: ambos son húmedos. Húmedo quiere decir bordes blandos, una forma que cede cuando algo aprieta, una disposición a dejarse acomodar por las circunstancias.

Se separan en la otra cualidad. El sanguíneo es cálido y el flemático es frío, y aquí el calor no tiene nada que ver con la amabilidad. Significa velocidad y dirección hacia fuera de la reacción, lo rápido que una respuesta sale del cuerpo. Frío significa lento y hacia dentro. Así que tienes a dos personas adaptables, una que reacciona en el acto y otra que reacciona con el tiempo. Pasa una tarde entera con ellas y la diferencia deja de ser sutil.

Bordes blandos a dos velocidades

El sanguíneo abre la conversación. Las palabras ya venían en marcha. En cuatro minutos te hará una pregunta bastante personal y la hará con cariño, te contará el divorcio de un primo, se olvidará de tu nombre y hasta caerá simpático olvidándolo. Lo húmedo aquí se ve como unas ganas enormes de dejarse cambiar por quien tenga delante. Un sanguíneo toma la temperatura de la sala igual que la sala toma el tiempo que hace por una ventana abierta.

El flemático espera, y no por nervios. El flemático está a gusto y no siente ninguna presión por ser el que lleva la voz. Hazle una pregunta directa y la respuesta vuelve mejor de lo que esperabas, porque estaba terminada y llevaba un rato ahí guardada. Es la misma humedad, apuntando hacia dentro. El flemático sigue el plan, absorbe el humor de la mesa sin transmitirlo, y deja pasar las molestias pequeñas sin apuntarlas en ningún sitio.

Los dos son fáciles de tratar. Pero el sanguíneo asiente en voz alta y en el momento, y el flemático asiente no objetando. Desde fuera parecen el mismo gesto. No lo son.

Decidir, y qué protege cada uno

El sanguíneo decide rápido y rectifica rápido. Una elección le parece una puerta que se abre y no un compromiso, así que le cuesta poco tomarla y poco cambiarla. Los sanguíneos ponen en marcha cosas que si no jamás existirían. Ese es también el coste fijo. La cuarta idea llega antes de que la primera haya avanzado un palmo, y la sala se queda con mucho entusiasmo y nada terminado.

El flemático decide despacio y luego no vuelve sobre ello. La demora no es duda. Es no querer gastar energía en una pregunta que todavía no se ha impuesto. Si nadie lo empuja, el flemático deja que la decisión repose hasta que las circunstancias la vuelvan evidente, lo cual funciona más veces de las que la gente enérgica reconoce y falla estrepitosamente cuando lo que había que vigilar era la fecha límite. El sanguíneo protege el ambiente. El flemático protege la calma. Suenan parecido y tiran en direcciones contrarias.

Discutir, equivocarse, una mala semana

El sanguíneo discrepa en el acto y en voz alta, y cuando tú terminas de sentirte herido a él normalmente ya se le ha pasado. Reconocer un error le sale barato, en parte por buen carácter y en parte porque la disculpa es cálida y rápida y no le obliga a examinar nada. La disculpa llega antes que la lección.

El flemático no discrepa en el momento, en absoluto. Te enteras tres semanas después, o nunca. Reconoce el error en voz baja y con precisión, y eso suele quedarse. Pero un flemático también aguantará un año un arreglo malo antes que decir la frase que lo arreglaría en un minuto.

El sanguíneo te lo cuenta todo y no revela casi nada. El flemático no te cuenta casi nada y no está escondiendo nada.

Después de una mala semana el sanguíneo sale. La compañía es la reparación, y suele funcionar, aunque por la mañana el asunto de fondo casi siempre sigue ahí. El flemático se calla, duerme, hace las cosas pequeñas de siempre y, pasados unos cuantos días, está bien de verdad. El método flemático es más lento y más fiable. El método sanguíneo es más rápido y menos concienzudo. Ninguno de los dos es la versión adulta del otro.

Qué se estropea entre ellos

Se llevan bien, y por eso el fallo es lento en lugar de ruidoso. El sanguíneo habla, el flemático escucha sin esfuerzo, y los dos se van contentos. El problema es que el sanguíneo lee el silencio como un sí, y el flemático deja que esa lectura equivocada se sostenga porque corregirla implicaría roce. Se acaban haciendo planes que solo quería uno. Nadie se da cuenta en un año.

Luego aflora de lado. El flemático se retira, se vuelve vago en las respuestas, cancela. El sanguíneo nota que baja la temperatura, no sabe de dónde viene, y empuja más fuerte buscando cercanía, que es justo lo contrario de lo que necesita alguien que quiere menos estímulo, no más.

Los arreglos no tienen ningún brillo y funcionan.

  • Sanguíneo: deja de tomar el silencio por un sí. Haz una pregunta cerrada y aguanta la pausa sin rellenarla. La respuesta ya está ahí y saldrá si no le pones nada encima.
  • Flemático: di la objeción el mismo día que la tengas, en una frase llana. Siempre vas a exagerar el daño. Un sanguíneo encaja un no directo mucho mejor que una desaparición lenta.
  • Los dos: decidid en voz alta quién se encarga de terminar. Si se deja correr, esta pareja empieza con calor y no entrega nada.

Casi nadie es puramente uno de estos

Los tipos puros no andan por la calle. La mayoría de quien lee una página así es alguna mezcla de estos dos, y por eso las dos descripciones han sonado medio ciertas. Una persona cálida, de mecha larga y sin ninguna necesidad de actuar no es una contradicción. Es el caso corriente. Fíjate en las partes que te han incomodado antes que en las que te han gustado, y lee la entrada sobre las mezclas, que trata de cómo conviven los cuatro dentro de una misma persona. Y si quieres una segunda opinión que no sea tu propio recuerdo de ti mismo, ahí está el test.

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