Cómo se enamora cada temperamento

El sanguíneo se enamora deprisa y lo dice pronto, el colérico lo demuestra arreglándote el coche, el melancólico cae despacio y lleva una cuenta callada, y al flemático es fácil quererlo pero difícil de leer.
Una amiga mía guarda cada entrada de las primeras semanas de una relación. El resguardo del cine, un billete de tren, la etiqueta de papel del guardarropa de un bar que ya cerró. Es sobre todo sanguínea, y para ella el principio del amor es la parte que merece acabar en un cajón. Otra persona que conozco se declaró pasando un fin de semana entero, en silencio, arreglándole el coche a su pareja, y luego dejó las llaves sobre la mesa de la cocina como quien da la noticia. Él es sobre todo colérico. Ninguno de los dos describiría el amor como lo hace el otro. Y a ambos les sorprendería oír que la manera en que uno se enamora no es del todo la manera en que uno se queda.
Esto va del enamorarse y del mostrarlo. El cortejo, la declaración, el primer año. Es un asunto distinto de cómo dos personas sacan adelante una vida compartida a lo largo de diez años, que es el terreno que pisa los temperamentos en las relaciones.
El sanguíneo se enamora deprisa y en voz alta
El sanguíneo suele estar enamorado ya en la segunda cita y lo dice en la tercera. La declaración llega pronto y sin esfuerzo, a veces antes de que el sentimiento haya tenido tiempo de cuajar, y es sincera siempre, incluso cuando es prematura. En el cortejo, el sanguíneo es una compañía maravillosa. Los planes brotan, en quince días ya presenta a los amigos, el teléfono se enciende todo el día.
El problema llega en voz baja. El sanguíneo reparte calor a todo el mundo. Al camarero, al desconocido del andén, al ex que todavía escribe. La pareja que al principio se sintió elegida empieza a notar que ese mismo brillo cae sobre la sala entera, y empieza a preguntarse qué la hacía especial, exactamente. La tarea del sanguíneo enamorado es apuntar ese calor. Dejar que una sola persona se sienta la persona y no simplemente la que tiene más cerca.
El colérico ama haciendo
El colérico rara vez dice la palabra tierna y le daría un poco de vergüenza intentarlo. En su lugar, actúa. Reserva los vuelos, arregla el grifo que gotea, se documenta sobre tu problema en el trabajo y vuelve con tres opciones y una recomendación. El coche aparcado en la entrada es una carta de amor. Para el colérico, el esfuerzo empleado es la prueba, y la prueba es generosa y real.
Su punto ciego es que resolver no es lo mismo que escuchar. A la pareja que quería que la oyeran hablar de un día duro se le entrega un plan, y se siente gestionada en vez de acompañada. El colérico oye la queja como una tarea que cerrar. Aprender a quedarse con un sentimiento que no tiene arreglo, y dejar que el otro termine de hablar, es el amor más difícil para este temperamento. Parte de eso es sencillamente cuestión de tono y de momento, que es el tema de cómo comunicarse con cada temperamento.
El melancólico ama despacio y lleva una cuenta privada
El melancólico no se enamora deprisa, y desconfía de quien lo hace. Observa durante mucho tiempo, y una vez que se compromete, se compromete a fondo y para quedarse. El cortejo es cuidadoso y a menudo hermoso. El melancólico recuerda las cosas pequeñas, el comentario suelto de hace tres semanas, la fecha exacta en que os conocisteis.
Hay dos costes. El primero es la idealización. El melancólico construye una imagen del ser amado más fina que ninguna persona real, y la realidad no puede sino quedarse corta. El segundo es la cuenta. Cuando el otro se queda corto, el melancólico rara vez lo dice en el momento. Anota la decepción en silencio y guarda el saldo, y un año de pequeñas entradas nunca dichas puede llegar una noche cualquiera como una única cifra fría. El don, aquí, es la hondura. La tarea es nombrar el agravio mientras aún es lo bastante pequeño como para responderlo.
Al flemático es fácil quererlo y difícil leerlo
El flemático es la pareja más serena que la mayoría de la gente tendrá jamás. Comprensivo, sin agobios, lento para la ira, a gusto con un martes cualquiera. Enamorarse, en él, se parece a ir haciendo sitio poco a poco. No hay declaración solemne, solo una presencia constante sin la que un día ya no te imaginas.
El riesgo no es el drama, sino la deriva. Al flemático le disgusta tanto el roce que no dice lo que quiere, a veces ni siquiera sabe ponerle nombre, y así la relación funciona con lo que haya elegido la pareja más resuelta. Pueden pasar años en esa posición. Si le preguntas directamente, el flemático dirá que todo va bien, y lo dirá en serio, mientras una preferencia auténtica sigue callada debajo. El amor le pide a este temperamento que quiera algo en voz alta, a propósito, antes de que el piloto automático decida el asunto entero.
Cuáles dos eres tú
Casi nadie es un tipo puro, y el amor es donde se nota la mezcla. Un sanguíneo con una veta melancólica se enamora deprisa y luego lleva la cuenta. Un colérico con un fondo flemático provee sin fallar y nunca acaba de decir la cosa tierna. La pregunta útil no es cuál eres, sino cuáles dos, y en qué orden, un asunto que vale la pena leer en las mezclas de temperamentos.
Si no tienes claro tu propio patrón, el test es un sitio razonable para empezar. Después obsérvate al principio de lo próximo que te importe de verdad. La manera en que tiendes la mano hacia alguien suele decir la verdad antes que tú.
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